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This Is My Story (Spanish)

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  • Full Text: Read full text below
  • Format: Folded Tract
  • Paper: Gloss Text
  • Size: 3.5 inches x 5.5 inches
  • Pages: 6
  • Estimated shipping date: Monday, October 24 (Click for more details)

The full text of this tract is shown below in the version.

Qué gran alivio y paz celestial vino a mi alma cuando Cristo me encontró, estando yo perdido. He aquí, Mi Historia.

Nací de padres católicos en Wolseley, Saskatchewan, y fui criado estrictamente en la fe católica romana. Desde mi adolescencia traté de ser bueno, sin embargo progresivamente caí en pecado. Con el resto de mis amigos iba rumbo a la perdición. Se me dijo que si me convertía en monje y sacerdote yo podría evadir el pecado y estar más seguro de mi salvación. Y porque con sinceridad yo buscaba la salvación, entré a la Orden Basiliana de Monjes, recibí el largo y negro hábito y adopté el nombre monástico de “San Hilarión el Grande” e hice mis votos. Como Estudiante-Monje fui llamado “Hermano Hilarión” y después de mi ordenación, “Padre Hilarión”.

¡Estaba tan deseoso de servir al Señor Jesucristo! Viviendo una vida monástica pensé que estaba haciendo precisamente esto. Puse en práctica todos mis deberes hasta la última norma. Cada miércoles y viernes por la noche hería mi cuerpo de manera que en algunas ocasiones mi espalda llegó a sangrar. En penitencia algunas veces besaba el piso; muchas veces comí insignificante comida arrodillado en el suelo, o del todo me abstenía de alimentos. Hice muchas clases de penitencias pues en verdad buscaba mi salvación. Se me dijo que eventualmente podía merecerme el cielo. Yo no sabía lo que la Palabra de Dios dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros; pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8,9).

Después de muchos estudios y trabajo manual en el monasterio, fui ordenado como sacerdote. Serví en cuatro parroquias en el área de Lamont, Alberta; oficiaba la misa cada día; confesaba a la gente; rezaba el rosario a María; y tenía muchas devociones para muchos santos; cada día recitaba las oraciones de la misa, y, como monje, hacía mis penitencias más ferviente que nunca. Sin embargo esto no satisfacía mi alma cansada. La agonía de mi alma era aun más profunda que la que tenía cuando era un niño. Pero Cristo me estaba mirando y me esperaba.

Entre mis estudios para el sacerdocio yo tenía tres libros de texto referentes a la Biblia, pero no la Biblia. Después que fui ordenado para el sacerdocio me familiaricé con la Versión Católica de la Biblia y en ella había algunos versículos que notoriamente contradecían mis creencias y prácticas. El Libro de Dios decía una cosa, mi iglesia decía otra. ¿Quién estaba en lo correcto, la iglesia romana o Dios? Eventualmente creí la Palabra de Dios.

La vida monástica y los sacramentos prescritos por la Iglesia Católica Romana no me ayudaron a conocer a Cristo personalmente ni a encontrar la salvación.

Después de largos doce años y medio yo escapé del monasterio, como un pecador perdido y sin paz en mi alma. En mí aun había la vieja naturaleza del “hombre viejo”. Necesitaba la nueva naturaleza, un nuevo corazón. “...cómo la verdad está en Jesús. ...despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a las concupiscencias engañosas; y renovaos en el espíritu de vuestra mente; y vestíos del nuevo hombre, que es creado según Dios, en justicia y en santidad verdadera.” (Efesios 4:21-24). La vida nueva es el resultado de nacer otra vez del Espíritu de Dios por la fe en Cristo Jesús, y no a través de rezos monótonos y repetitivos, penitencias, sacrificios y buenas obras. “El que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios”. “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa” (Hechos 16:31).

Comprendí que los sacramentos de mi Iglesia (hechos por el hombre) y mis buenas obras eran en vano para la salvación; ellos me llevaban a una falsa seguridad. Poco tiempo después creí que Cristo murió por mí porque yo no podía salvarme a mí mismo, y deposité mi fe en Él para mi salvación.

Cuando yo me arrepentí de mis pecados y acepté a Cristo en mi corazón creyendo que en la cruz Él pagó en su totalidad la deuda de mi condenación, y entendí que mis pecados fueron perdonados y olvidados y que fui justificado delante de Dios. “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios;” Romanos 3:23 “Porque la paga del pecado es muerte; mas el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). La sangre de Jesucristo su Hijo me limpió de todos mis pecados. “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Y ahora tengo la paz de Dios. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo,” (Romanos 5:1).

Al fin encontré salvación plena y gratuita a través de Jesucristo quien murió para que tú y yo pudiésemos vivir.

Amigo, si tú también estás tratando de alcanzar el cielo por tí mismo, me gustaría grabar en tu mente y corazón que “no por obras, para que nadie se gloríe”. El cielo es infinito y no lo podemos ganar, pues tú y yo somos finitos y pecadores. Sólo Cristo es el camino y la respuesta. “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre; el cual se dio a sí mismo en rescate por todos;” (1 Timoteo 2:5,6). Ven a Él ahora mismo, tal como estás, admitiendo tus pecados. Pide Su perdón y acéptale como tu Salvador y Señor. Confia en Él para tu salvación eterna pues Él compró tu salvación. Él te llama ahora mismo: “ Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28).

Entonces tú también, junto conmigo, podrás regocijarte en tu nuevo Amigo y Salvador, ¡El Cristo Vivo!

—Por Un Monje y Sacerdote Convertido HENRY GREGORY ADAMS

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